El Cuélebre de Getino

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Getino significa ribera u orilla. Getino es un bonito enclave montañés del alto Torío, el río del dios Thor, el que enarbolaba el martillo después de las tormentas y colocó un puente celestial de siete colores, que hoy llamamos arco iris.

Impresionante resulta la leyenda del cuélebre de Faedo, el culebro de fuertes silbidos que asustaba a los pastores y los ganados; tanto, que nadie se atrevía a acercarse a Las Lamargas y a Llano, dos pagos de la solana a donde solía ir a atrapar alguna res cuando salía de caza este cuélebre que moraba en el monte Faedo, monte de las hayas milenarias que es una mancha verdeante que se extiende desde el arroyuelo rumoroso hasta Las Campas y la Peña Tijera, con más de un Kilómetro cuadrado de superficie. Todo un año pasó sin poder acercar el rebaño a pastar las hierbas.

Pero he aquí que un pastor extemeño de los que venían con la Mesta trashumante, se asentó por el puerto de Sancenas y supo de la preocupación y el temor de las gentes de Getino y se prestó a solucionar el espanto popular.

Y lo solucionó dando al cuélebre un cuenco de leche de merinas cada día. Lo llamaba cuando subía por el camino del monte Faedo o cuando bajaba por la collada y tocaba su dulzaina con sones cadenciosos; el culebro esperaba junto al reguero.

Pero el pastor se ausentó para su Extremadura, en esa época de octubre cuando los rebaños trashumantes bajan para las dehesas y se aletargan las culebras. Luego tuvo que ir a servir al Rey y el tiempo trascurrió y llegaron los fríos y la primavera y las flores, la hierba y la maja, el otoño y la matanza, el invierno y los filandones.

Nuevamente al despertar la siguiente primavera el culebro volvió a sumir en el miedo a personas y ganado. Llegó junio y tornaron los esquilones de las merinas a alegrar los puertos montaraces y los mastines con sus carlancas para perseguir a los lobos, y con ellos llegó también el pastor extremeño.

Las gentes acudieron a él contándole sus cuitas y el mozo prometió calmar al bicho.

Por el camino pedregoso subía el pastor tarareando canciones y tocando el caramillo y la dulzaina, silbando la melodía que deleitaba al monstruo. Pero se olvidó el cuenco de leche y el pobre pastor pagó con su vida el involuntario olvido.

El cuélebre duró poco tiempo; un nubarrón de verano descargó tal torrente de aguas que arrastró a la bestia, que bajaba dando grandes alaridos hasta morir estrellándose contra las rocas de La Cardosa por el ímpetu del reguero de Faedo.

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