La Ermita del Buen Suceso
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Gonzalo Villalobos llegó fatigado a casa, con la respiración entrecortada después de la carrera que se dio desde el río. No más de cuatrocientos metros, pero intensos,sobrecogido como estaba por lo que acababan de ver sus ojos.
El día había amanecido limpio. Eran las últimas fechas de mayo; el frío, sin embargo, se apoderaba de las mañanas hasta que el sol iba pudiendo, un poquito más cada día, con el aire que rozaba los últimos rincones de nieve de las montañas que lo circundan. Nocedo tenía el sol, aquella mañana, colándose entre los árboles, por calles, balcones y ventanas.
Aquella mujer no se había apenas dado cuenta, ocupada como andaba tras los potes del mediodía... Se sobresaltó al ver llegar a su hijo y buscó en su mirada la causa de aquella presencia inesperada y brusca. El jadeo le impedía al muchacho acabar las frases o precisar su pronunciación.
-¿Qué es lo que ocurre?,-preguntó la mujer subiendo el tono de voz, casi desgarrado, mientras lo cogía por los brazos, a la altura de los codos, y lo agitaba como si las palabras hubieran de caer de aquel movimiento.
-! Habla, Gonzalo, dí qué ha pasado!..
El sollozo y la súplica habían llegado a su garganta.-! Habla!..-repitió con más insistencia su madre, al borde del grito.
-Es que, es que...-hablaba Gonzalo entrecortando las palabras, haciendo un esfuerzo para romper la impaciencia-. Estábamos mi padre, y Álvaro Díaz, y Juan Mirones, y Martín de Llanos... unos cuantos, lanzando el sedal a la parte de allá del pozo de arriba, frente a las mimbreras que caen sobre el agua...Y entonces apareció entre las paleras un resplandor intenso -Gonzalo hizo una mueca como si tragase saliva en abundancia-...Y después una imagen, sonriente y hermosa... Era la Virgen, madre. !Era la Virgen! !Y estaba allí,estaba allí!...
Apenas pronunciada esta última frase, el muchacho salió de casa corriendo en dirección al lugar al que se acababa de referir. Su madre no pudo retenerlo ni un momento más y se quedó con una larga lista de preguntas dentro.
Pero salió a la calle, olvidando cuanto traía entre manos. Y voceó el nombre de las vecinas más próximas, que se acercaron ante aquel tono de extraña urgencia. La vida era lenta, lenta siempre en Nocedo. Ahora quedaron conmovidos con el "buen suceso" que les acababan de contar.
No fue necesario mucho tiempo para que todos los vecinos estuviesen presentes en aquel punto del río. Y para que todos opinasen qué hacer con aquella imagen que, desaparecido el resplandor inicial, permanecía en la orilla.
La decisión fue prácticamente unánime. La colocaron con cuidado sobre el altar de la iglesia de la localidad. Y se aseguraron de que la puerta, habitualmente abierta, quedase perfectamente cerrada. Incluso hubo alguien que retrocedió unos pasos, iniciada la vuelta a casa, para garantizar su propia seguridad.
No hubo otro tema de conversación.
Algunos vecinos aseguraron al día siguiente no haber dormido bien.
A la hora convenida, apenas despuntado el día, estaban ya todos a la puerta de la iglesia. Entraron con la respiración entrecortada, sacudidos, sin duda, por la curiosidad y un cierto temor.
Aquel temor, inicialmente infundado, tomó cuerpo. Y se extendió, penetrante, como la niebla.
La imagen de la Virgen de las Aguas, como algunos la llamaron, no estaba. No estaba. No estaba allí.
Buscaron por los más insólitos rincones de la iglesia y sus alrededores.
Cuando llegaron a la conclusión, a la evidencia, de que había desaparecido, en los ojos de cada cual se veía con claridad, junto al asombro, la pregunta que carece de respuesta. Y el silencio. En algunos, el abatimiento próximo al miedo.
Un grupo reducido, entre quienes estaban los pescadores protagonistas del acontecimiento que había roto la rutina del pueblo, contemplaron la misma imagen sobre las aguas del río. Exactamente donde la habían visto el día anterior.
Y otra vez, reunidos los vecinos, sin una sola ausencia, tomaron la misma decisión: la imagen volvería a la iglesia.
Y se repitió la misma historia. Un día, otro... hasta seis. Al séptimo día, la imagen no estaba sobre las aguas del río.
Buscaron de nuevo. La localizaron cerca del lugar habitual. Apenas doscientos metros. Pero ahora al lado del camino por el que llegan los peregrinos jacobeos que deciden alcanzar San Salvador de Oviedo. El pueblo entendió el mensaje. Levantaron una pequeña ermita. En ella, desde entonces, veneran los peregrinos y habitantes de los alrededores la imagen aparecida un día sobre las aguas.
El santuario, cuyo edificio se comenzó a construir en 1766 -reformado y ampliado en 1834- contiene una hermosa talla, policromada y dieciochesca, de la Virgen, patrona de la comarca, de todos conocida con Virgen de Buen Suceso.
De la imagen primitiva nadie sabe dar razones.
