La viga atravesada
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Dicen los de las aldeas vecinas -por envidia de la producción lechera que había en el pueblo-, que esto ocurrió cuando construyeron la Iglesia los de Folledo bajo la dirección de un aparejador muy viejo que venía de vez en cuando desde la Capital. Aquél, por el peso de los años, dejó de venir cuando solamente quedaba por colocar una viga que los obreros habían obtenido talando un álamo de los muchos que había a la vera del arroyo. La viga tenía como propósito servir de apoyo horizontal a un entarimado adosado a la pared, cuyo frente miraba al altar. Llevaron la viga hasta la puerta y como en este pueblo nadie quería ser segundo en nada, para evitar discusiones y protestas el Presidente del Concejo dispuso que a la Iglesia todos tenían que entrar todos al mismo tiempo. Levantaron la viga: "¡Hala,venga,vamos!... ¡a la una, a las dos, a las tres!". Quisieron entrar, pero no había manera. Así que otra vez tuvo que intervenir el Presidente para disponer que trajeran desde el local donde se elaboraba, toda la manteca necesaria para doblar la viga frotándola en la parte media.
Con las idas y venidas había anochecido, así que se decidió continuar la tarea al día siguiente bien temprano.
Empezaron a acarrear canastas con manteca que se colocaban en formación al costado de la viga para que los operarios comenzaran el sobado correspondiente arriba, abajo y a los costados. A media mañana se hizo la primer prueba para ver si la viga doblaba ya algo, y nada. Llegó el medio día y con él la hora de comer.
Era el momento en que cada uno de los hogares enviaba a un guaje con una marmita humeante y aromática. Así que mientras los padres, sentados en el suelo a la sombra del nogal en el Sagrao, se tomaban el descanso que imponía la situación, los chiquillos que tenían otros intereses se pusieron a curiosear alrededor de la viga. En estas estaban, con la intención de hacer un columpio de los que ya conocían y habían armado muchas veces para lo que colocaron debajo de la viga, en el punto medio, un pedazo de tronco y la giraron para que, en el sube y baja, no tropezara con ningún estorbo. En ese giro la viga quedó con la punta enfilando la puerta. Los chiquillos, continuando el juego, se repartieron en la balanza y ésta comenzó el movimiento que busca el equilibrio. Hubo unos que se cansaron del juego para cambiar a otro, se bajaron imprevistamente, se perdió el equilibrio y la viga, de forma natural, se inclinó hacia la puerta deplazándose sobre el rodillo que constituía el tronco colocado debajo. Cuando los padres, después de descansar un rato largo y planificar las acciones futuras, volvieron, se encontraron con que la viga estaba dentro de la Iglesia y lo atribuyeron -sin dudar un ápice y sin pestañear a un milagro.
